La virginidad (The virginity)

Somos uno. Yo soy ella, ella es yo. Juntos, somos lo que el hombre quiere. Somos lo que el hombre busca en una mujer. Somos lo más puro, lo más bello. Somos blanco.

De momento es este ninfomaníaco, el que no la llamó el viernes pasado, el que nos lleva al cuarto de un motel sucio y desamparado. El motel que le queda a la vuelta de la esquina de su casa, porque el idiota no tiene la decencia de al menos llegar a nuestro hogar e ir al motel más cerca de nosotros. No. Nosotros llegamos a él. Pero en esta decisión yo no tuve voz ni voto. Ella tomó la decisión sola.

El ninfo abre la puerta del cuarto y de inmediato me empodrece la nariz el olor a semen, sudor y pérdida de dignidad. Pero la cama, sentada en el mismo centro del cuarto, estaba recogida. Las sábanas parecían estar limpias. Pero ni ella ni yo somos tan tontos de pensar que es la primera vez que este ninfo lleva a una mujer a ese motel, a ese cuarto.

¿Por qué queremos ser la número 37? Porque es mejor ser un número en su lista, que ni siquiera aparecer en ella.

¡Qué tonta lógica!

Nos agarra por la cintura y nos empuja suavemente hacia la cama. Es la primera vez que estamos tan siquiera cerca de una cama con un hombre. Por eso, nos dan nervios. Nos tiemblan las manos, los labios, las piernas.

“No te preocupes, estás en buenas manos,” nos susurra al oído. Pero, ¡qué imbécil! ¿No podía al menos decir algo menos cursi? ¿En buenas manos? Para ser francos, sus manos se veían sucias al igual que su pelo grasoso. Tenía tierra bajo las uñas y siempre estaban húmedas del calor. Para nada una visión agradable. Para nada “buenas manos”.

Y esas manos, tan asquerosas, tan grotescas, se encuentran entre nuestras piernas. Ella decidió ponernos una falda, para que sea acceso más fácil. Ni que la facilidad fuese un problema. Y esas “buenas manos” se encuentran en lo que nos hace mujer. Sobándome. Acariciándome. A la vez dándonos besos de Judas en los labios. Haciendo promesas falsas con sus dientes contra los nuestros.

“¿Me quieres?” ella pregunta inocentemente.

Pero nunca contestó la pregunta. No tuvo que contestar. Ya sabíamos la contestación. Aún así, nos entregamos. Mejor dicho, ella me entregó a él. A su deseo, a su descontrol, a su bellaquera. A ese ninfo, ella me regaló, como una camisa cualquiera que le regaló su abuelo las navidades pasadas de 5,7,9.

Si te preguntas ahora dónde estoy. Estoy en esas sábanas de aquel motel a la vuelta de la esquina de la casa del ninfo. Si te preguntas ahora quién soy. Soy aquella mancha de sangre en aquellas sábanas de aquel motel a la vuelta de la esquina de la casa del ninfo. Soy su virginidad.

Pensé que me había olvidado, que no era de importancia para ella. ¿Cómo va a ser? Toda la sociedad me encontraba importante. Todos los hombres me deseaban.

Pero efectivamente, ella volvió dos semanas después. No era lo que yo pensé que iba a ser. Pensé que ni la iba a reconocer. Pensé que iba a parecer una puta, una basura, una cualquiera. Pero al contrario, era la misma mujer que había sido yo, y yo ella.

Ella se arrodilla frente a mi nuevo hogar, las sábanas del motel. Me agarra con fuerza. “Sigo siendo yo, aún sin tenerte a ti. Porque tú no me definías. Tú no me hacías mujer. Tú no eras lo más bello de mí. Eras lo que el hombre quería. Y ahora, soy lo que el hombre necesita. Una mujer, no una niña. Soy una mujer fuerte.”

Ella toma un último suspiro. “Yo no te perdí a ti, virginidad. Tú me perdiste a mí.”

Y así fue, así fue que perdí a mi mujer.

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